Mi novia llego de una fiesta de chicas, todo bien porque llego tranqui, le pregunte como le fue, me dijo que bien, hasta que me dijo "¿Sabes que te amo verdad?" Y ahora no se que hacer 💔
Yo llegaba de trabajar y cocinaba y después solía jugar free fire y me hablaba mi novia q solo pasaba jugando y eso q la llevaba a fiestas o a ciertos lugares y le cumplía sus caparichos y a pesar de eso cuando se fue me dijo q solo te utilice y desde ahí mejor decidí seguir mejor soltero👀❤️🩹
Mi mamá siempre decía que mi papá no sabía decir “te amo”, pero lo demostraba distinto. Cuando yo era niña y él trabajaba como chofer, pasaba semanas fuera. Cada vez que volvía traía pan dulce y dejaba papelitos escondidos en la casa: en la alacena, en el cajón de los cubiertos, dentro de los libros. Años después, cuando papá falleció, encontramos una caja llena de cartas que él le escribió en esos viajes. Una noche lluviosa, mi mamá y yo las leímos juntas.
Don Luis era de esos vecinos que uno da por sentados. Todas las mañanas, sin falta, salía a barrer la vereda con su radio viejo sonando bajito. Saludaba a todos, cuidaba las plantas del edificio y siempre preguntaba cómo estábamos. Un lunes no salió. Pensamos que estaba enfermo. Al otro día tampoco. El miércoles apareció una patrulla y supimos que paso con Don Luis.
Una noche peleamos por una tontería y dejamos de hablarnos. Al rato, mi pareja me pasó un plato de comida por debajo de la puerta del cuarto y dijo: “come, aunque estés brava”. Me reí, se me pasó todo y lo deje entrar.
Una noche de lluvia, mi novio y yo nos quedamos atrapados en una parada de bus. No había taxis y el celular muerto. Él sacó una bolsa de galletas rotas del bolsillo y dijo “cena gourmet”. Nos reímos como tontos, mojados, compartiendo migas. Llegamos a casa tarde, empapados y felices, como si nada faltara.
Un día se me rompió el zapato. Íbamos tarde y yo estaba molesta. Él no dijo nada, solo se quitó sus zapatillas y me las dio. Caminó descalzo varias cuadras, riéndose, diciendo que igual le gustaba sentir el piso frío. Esa noche comimos pan con café en la casa y terminamos cantando canciones.
Mi abuelito me pidió que cuidara a la familia y que no dejara de reír, aunque la vida doliera. Antes de dormirse, me acomodó el cabello como cuando yo era niño y susurró: “Gracias por acompañarme”. Esa madrugada se fue. Sentí que se despidio antes de ires. 😢
El día que enterramos a mi hermano menor entendí lo que realmente pesa una ausencia. Tenía 19 años, planes simples, ganas de todo. Murió en un accidente absurdo, de esos que pasan en cinco minutos y te cambian la vida para siempre. Su cuarto quedó igual: la cama sin tender, los audífonos en la mesa, la gorra colgada. Nadie quiso tocar nada.
Yo nunca fui de llorar, pero cuando vi a mi mamá subirse al bus con su uniforme nuevo, me quebré. Toda la vida limpiando casas ajenas y, a los 46, sacó su título de auxiliar de enfermería. Llegó a casa diciendo: “Mijo, ahora sí soy alguien”. Para mí, siempre lo fue.
Nunca supe querer hasta que llegó Toby. Era un perro viejo que mi papá trajo “por pena”, rescatado de la calle. Yo decía que no quería mascotas. Mentira. Toby me esperaba cada noche cuando volvía molida del trabajo, aunque ya casi no veía. Cuando mi papá murió, Toby fue el único que no se movió de la puerta en días. Dormía ahí. El día que Toby también se fue, entendí que ese perro me enseñó a quedarme cuando todo se rompe. A veces el amor llega con cuatro patas y sin palabras.
Un día mi hermana menor dijo que quería ser doctora. Todos se rieron menos yo. Empecé a hacer doble turno, fines de semana, feriados. Años después, el día que ella se puso la bata blanca y me buscó entre el público, me señaló y dijo: “Él pagó mis pasajes, mis copias, mi comida”. Ahí entendí que sin papá pero con un hermano que daria todo por ella.
Yo siempre fui “la callada” de la familia. La menor, la que escuchaba todo y opinaba poco. En mi casa estábamos muchos: mi mamá, mi padrastro, dos hermanos, una tía separada y mi abuela enferma. Cada uno con sus dramas. A los 19 empecé a trabajar en una panadería. Me levantaba a las 4 am. Nadie creía que duraría. Con el tiempo, pagué mis estudios nocturnos, ayudé con medicinas de mi abuela y hasta el uniforme de mi hermano menor. El día que me gradué, vi a todos llorando: mi mamá orgullosa, mi tía aplaudiendo, mi padrastro en silencio.
Crecí en una casa chica pero ruidosa. Mi mamá vendía comida, mi abuela cuidaba a mis primos y mi tío dormía en el sillón porque nunca le alcanzó para irse. Yo era el “distraído”, el que no prometía nada. A los 30 empecé a manejar taxi. Una noche llevé a una señora que lloraba porque no llegaba al hospital. Me quedé con ella, la ayudé, la esperé. Días después volvió con su familia y me ofrecieron trabajo en su empresa de transporte. Hoy manejo mi propia unidad. El día que llevé a mi mamá, a mi abuela y hasta a mi tío a dar una vuelta, nadie dijo nada… pero todos sonreían distinto.
Nunca fui bueno para estudiar. Repetí cursos, cambié de carrera y en mi casa ya nadie preguntaba “¿cómo vas?”. Mi viejo solo decía “tú sigue intentando, algo va a salir”. A los 28, cuando todos mis amigos ya tenían trabajo fijo, yo repartía pedidos en moto. Un día, un cliente me ofreció ayudarlo en su taller. Empecé barriendo, luego aprendí a soldar, después a diseñar piezas. A los meses me pagaban mejor que en cualquier oficina. El día que firmé mi primer contrato serio, fui directo a casa de mi papá. No le dije nada, solo le mostré el papel. Lo leyó despacio y me dijo: “¿Viste? No eras flojo, solo no estabas en tu lugar”. Ese comentario me sanó años de sentirme menos.
Mi mamá limpiaba casas desde las 5 a.m. y siempre decía “algún día vas a vivir mejor que yo”. Yo me hacía la dormida cuando salía, pero la escuchaba cerrar despacito. Años después, el día que me gradué, llegó tarde y con el uniforme puesto. Cuando dijeron mi nombre, no aplaudió: se puso a llorar como niña. Al salir me dijo “perdón por no darte más”, y yo entendí todo. No me dio lujos, me dio fuerza. Hoy trabajo en lo que soñé y cada quincena la llevo a comer donde quiera. Orgullo puro.
Mi abuelo me llevaba al estadio desde chiquita, me compraba gaseosa tibia y una empanada que siempre se le caía un poco al piso. Él no gritaba los goles, solo me miraba para ver si yo era feliz. Cuando enfermó, ya no podía caminar mucho, pero cada domingo me llamaba para preguntarme cómo iba el partido, aunque el equipo fuera malísimo. El día que falleció, encontré su radio viejo prendido en la mesa, con el volumen bajito, como esperando. Ese domingo fui sola al estadio, me senté donde siempre y cuando hubo gol, lloré como nunca. No por el partido, sino porque entendí que hay personas que no te enseñan con palabras, sino con presencia constante, silenciosa y leal.
Mi mamá vendía empanadas afuera de una escuela desde las 6 de la mañana. Lloviera o hiciera sol, ahí estaba, con su banquito y su termo. Yo me avergonzaba cuando era chico y pasaba rápido para que nadie la viera. Años después, el día que me gradué de ingeniero, ella llegó tarde al auditorio, con las manos aún oliendo a masa y fritura. Cuando dijeron mi nombre, la busqué con la mirada y la vi llorando, aplaudiendo como si hubiera ganado un mundial. Al salir, me abrazó fuerte y me dijo: “Todo valió la pena, mijo”. Ese día entendí que mientras yo estudiaba, ella también se estaba graduando conmigo.
Mi abuelo Julián nunca fue de muchas palabras. Se levantaba antes del amanecer, hacía café cargado y salía al patio con su perro Bruno, un mestizo viejo que cojeaba de una pata. Ahí se quedaban horas, él sentado en una silla de plástico y Bruno a sus pies. Cuando mi abuela murió, Julián dejó de entrar a la casa por las tardes; decía que el silencio adentro dolía más. Un día lo encontré hablándole bajito a Bruno, contándole cómo se conocieron, cómo lo recogió de la calle después de una lluvia. “Vos sos lo único que entiende”, le dijo. Meses después, Bruno murió dormido. Mi abuelo volvió a entrar a la casa, puso la silla junto a la ventana y siguió tomando café en silencio. Nunca lo dijo, pero se notaba: Bruno lo sostuvo cuando nadie más pudo.
Mi mamá limpiaba casas y siempre decía “algún día vas a vivir sin pedir permiso”. El día que firmé mi primer contrato de alquiler, me ayudó a llevar las cajas y se sentó en el piso vacío a llorar. “Ya cumplí”, me dijo sonriendo.