Mi papá nunca fue de decir “te quiero”. Era serio, callado, de los que demuestran con hechos. El día que me titulé, no pudo ir. Me dolió. Esa noche, ya tarde, sonó mi celular. Era él. Solo dijo: “Estoy orgulloso de ti, mija”. Lloré como niña. Nunca volvió a decirlo, pero con eso me alcanzó.
Compré ese vestido rojo para el casamiento de mi hermana, el que ella siempre quiso que yo fuera “la más linda del salón”. Me lo probé mil veces frente al espejo, me sentía hermosa, pero el día llegó y no pude ponérmelo. Me quedé en casa con una excusa tonta de dolor de cabeza. No era el vestido, era que no quería que nadie me viera feliz mientras ella se iba con alguien que no era yo. Lo guardé en el fondo del placard con la etiqueta todavía puesta. A veces lo saco, lo miro y pienso que algún día voy a tener el coraje de usarlo… aunque sea para mí sola.
Mi papá siempre fue un roble, de esos hombres serios que no lloran ni se quejan y a los que todos le tienen un respeto tremendo. Ayer llegué antes a la casa y lo pillé en la sala con mi nena de cuatro años. El hombre estaba tirado en la alfombra, con una vincha de flores rosada en la cabeza, dejándose maquillar por su nieta. Se reía bajito mientras ella le pintaba la nariz con un labial. Apenas me vio entrar, se levantó de un salto, se quitó la vincha y puso su cara de sargento de siempre. Yo me hice la loca y me fui directo a la cocina sin decir nada, pero casi lloro de la ternura. El "general" resultó ser un pan de Dios.
Todos los domingos mi vieja y yo nos sentábamos en la misma banca del parque a tomar mate. Ella hablaba, yo escuchaba. Cuando falleció, dejé de ir. Años después llevé a mi hija por primera vez y, sin pensarlo, me senté ahí. Mi nena me dijo: “Papá, este lugar se siente tranquilo”. Sonreí. La banca seguía siendo la misma.
Le dije a mi pololo nuevo que soy vegetariana para impresionarlo, porque el tipo es ultra sano y deportista. Llevamos un mes comiendo lechuga y ya sueño con carne. Hoy le inventé que tenía que ir a hacer un trámite urgente al centro. Mentira pura. Me fui a la picada de la esquina y me bajé dos completos italianos gigantes, chorreando mayo y palta. Me los comí escondida detrás de un kiosco como si estuviera haciendo algo ilegal. Si me descubre, no sé si me deja por mentirosa o por glotona, pero te juro que valió la pena cada mordisco.
Estaba revisando el celular viejo que mamá guarda en el cajón cuando vi que papá me había escrito un mensaje el día antes de que se fuera para siempre. Decía: “Hijo, cuando vuelvas de la uni, compramos ese helado de lúcuma que tanto te gusta. Te quiero”. No lo había visto nunca porque solia omitir a mi papá y justo ese día me quedé en casa de un amigo. Lo leí y me quedé sentado en el piso, con el teléfono temblando en la mano. No respondí nunca.
Llevo cuarenta años comiéndome la tortilla de patatas que prepara mi Carmen los domingos. Ella está convencida de que es mi plato favorito del mundo. La verdad es que siempre, pero siempre, se le quema un poco la cebolla y le queda seca como una suela. Sabe amarga. Pero cada vez que me pone el plato delante con esa carita de ilusión esperando mi veredicto, yo sonrío, me la como entera y hasta rebaño con pan. Jamás le voy a decir la verdad. Prefiero tener acidez toda la tarde a borrarle esa sonrisa.
Mi abuelo no sabía usar celular, pero me silbaba siempre igual para que saliera. Cuando murió, la casa quedó en silencio. Meses después, un día cualquiera, escuché ese silbido en la calle. Salí corriendo con el corazón a mil… era un señor que pasaba vendiendo camotes. Me quedé ahí, llorando y riendo al mismo tiempo.
Toda mi vida usé zapatos de segunda o los más baratos del centro. Pero mi hijo entró al equipo de fútbol y yo no quería que pasara penas. Ahorré tres meses haciendo horas extra en la obra sin decirle nada a nadie. Ayer lo llevé a la tienda deportiva oficial. Cuando vio el precio, soltó la caja asustado, como si quemara. Me agaché y le dije al oído: "Tranquilo, mijo, llévelos que hoy sí alcanza".
Ayer limpiando el celular encontré esa foto vieja: mi abuela y yo en el mercado de domingo, ella con su rebozo azul, yo con cara de sueño a los ocho años, los dos riéndonos porque se me cayó el helado al suelo y el perro callejero se lo comió en dos segundos. Ella me dijo “no pasa nada, mi rey, la vida es así, se cae y uno se levanta”. La miré un rato largo, con la garganta apretada. No la borré. Cada tanto la abro, sonrío y lloro un poquito al mismo tiempo. Porque ya no está, pero sigue ahí, en esa foto y en mí.
Nunca le dije a mi mamá que fui a verla sola. A las tres de la mañana me paré frente a la panadería del barrio, con frío y sueño, solo para mirarla trabajar. La vi sacar el pan dorado, limpiar la vitrina y saludar a los primeros clientes como si no llevara horas sin dormir. Cuando uno se quejó del precio, ella sonrió igual. Al amanecer, salió con harina en el delantal y me vio. No dijo nada, solo me dio una marraqueta caliente.
Me crucé con ella después de 22 años en la panadería, bajo llovizna. Charlamos rápido: ella profe de inicial con nena de 4, yo con rodilla jodida y ascenso que nunca llegó. De pronto dijo: “Quedamos en tomar un café al terminar el cole… nunca pasó”. Le propuse “¿ahora?”, pero miró el reloj: “Hoy no. Dame tu número, la próxima sí”. Abrazo corto, ella al colectivo, yo mirando la calle vacía.
Estaba en plena videollamada con el jefe regional, todos muy serios. Según yo, tenía el micrófono apagado. En eso entra mi perro con un calcetín en la boca y le grito con todas mis fuerzas: "¡Suelta eso, cochino, te voy a dar con la chancla!". Se hizo un silencio sepulcral en la compu. Nadie se rió. Mi jefe carraspeó y dijo: "Fernanda, te escuchamos fuerte y claro". Me quería tragar la tierra. Apagué la cámara y fingí que se me fue el internet por media hora.
Mi papá tenía la manía de llamar solo para decir “¿ya comiste?”. Yo siempre contestaba rápido, menos ese martes. Vi la llamada, pensé “luego”, y seguí trabajando. Esa noche ya no volvió a marcar. Al día siguiente me avisaron que se había ido dormido, sin dolor, dicen. En su mesa quedó el café servido y el pan sin morder. Días después encontré su celular cargado, con mi nombre arriba y la hora exacta de esa llamada. Desde entonces, cada vez que el teléfono vibra, lo contesto sin pensarlo.
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Una mañana le mandé un audio a mi jefe que claramente no era para él: me estaba quejando del trabajo, de él, del sueldo, de todo. Cuando me di cuenta, ya lo había escuchado. Me llamó a su oficina y yo iba temblando. Solo se rió y dijo: “Bueno, al menos fuiste honesta”. Ese día no me despidieron… pero nunca volví a mandar audios sin audífonos.
Mi mamá murió hace dos años. No fue repentino, fue lento, de hospital en hospital. El último día que estuvo bien me mandó un audio por WhatsApp: “Hija, ya llegué a casa, ¿sí comiste?” Nada más. Nunca habló de despedidas.
Con mi esposa llevábamos años juntos, rutina pura: trabajo, cuentas, cansancio. Una mañana salí apurado y encontré una nota en el parabrisas del auto: “No te olvides que me enamoré de vos cuando no tenías nada. Hoy sigo acá.” No tenía firma, pero era su letra. Esa noche, sin decir nada, saqué una cerveza, nos sentamos en la vereda y hablamos de pavadas, como antes. No fue una charla profunda ni promesas. Solo risas.
Mi abuelo Julián me enseñó a andar en bicicleta en una calle de tierra. Yo tenía miedo y él corría detrás, sosteniéndome el asiento mientras decía: “Dale nomás, no mires atrás”. Un día me soltó sin avisar y yo avancé sola por primera vez. Cuando me caí, él no corrió a levantarme: aplaudía desde lejos, orgulloso. Años después, cuando su memoria empezó a fallar, yo lo llevaba a caminar y él se cansaba rápido. Un día se detuvo, me miró fijo y dijo: “No sé quién sos… pero me siento seguro contigo”. Ese fue su último regalo: olvidar mi nombre, pero no la confianza.
Solo informarles que la app ya esta en desarrollo, luego pondremos mayores filtros de seguridad, TuSecreto esta hecho para desfogarse contando algún secreto, historia, chisme, etc. Y de esta forma enfrentar esta experiencia con toda la comunidad, no para otro tipo de cosas. PD: No dudaremos en brindar información de personas que usen la plataforma para otras cosas. Saludos 😎