18 años
Guatemala
Siempre creí que mi camino era el diseño gráfico, invirtiendo años y dinero en esa carrera. Un día, frustrado, dejé el ordenador y, solo por desahogo, comencé a arreglar un mueble viejo. Sentí una satisfacción inmediata al trabajar con mis manos, lijando y midiendo. Ese pequeño acto me reveló una verdad profunda: mi felicidad no estaba en la perfección digital, sino en la tangible imperfección de la madera. Decidí matricularme en un curso de carpintería y, aunque fue difícil, el cambio me dio una paz que no tiene precio.
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