21 años

Perú

Mi mamá me regaló un collarcito de plata con una virgencita cuando entré a la uni, chiquito y sencillo. “Para que te cuide cuando yo no esté cerca”, me dijo. Lo usé todos los días, hasta que una noche saliendo de la fiesta de un amigo se me enganchó en la remera y se rompió la cadenita. Las bolitas de plata se desparramaron por el piso del colectivo. Me agaché a juntarlas con las manos temblando, pero faltaban dos o tres. Volví a casa llorando bajito. Al día siguiente lo llevé a un joyero del centro para que lo arreglara. Me cobraron barato y me devolvió el collar como nuevo, pero sin las piezas perdidas. Lo guardé en la cajita de madera y no me lo volví a poner. A veces lo miro y pienso que, aunque esté incompleto, sigue cuidándome igual.

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