26 años

Honduras

Estaba doblando turno en el hospital, muerta del sueño y sin haber comido nada en todo el día. Eran las tres de la mañana y yo ya no daba más. En eso, se me acerca la esposa de un paciente que ingresó de emergencia. La señora, bien humildita, sacó de una bolsa una baleada envuelta en papel aluminio, todavía calientita. "Tome, doctora, pa' que agarre fuerzas, que usted nos cuida mucho", me dijo. Yo sé que esa cena le costó lo suyo, quizás era lo único que traía. Me la comí escondida en el cuarto de enfermería con un nudo en la garganta. Esa baleada me supo a gloria; no solo me quitó el hambre, me devolvió el alma al cuerpo.

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