28 años

México

Era un domingo de calor bravo en el barrio, y mi hijo de seis años me pidió helado de fresa como siempre. Compré dos conos grandes en el carrito del señor de la esquina. Nos sentamos en la vereda, él con la lengua toda roja, yo tratando de no se derrita el helado. De repente me miró serio y dijo: “Papi, cuando sea grande te voy a comprar helado todos los días para que no trabajes tanto”. Me quedé sin palabras, con el helado goteando en la mano. Solo alcancé a abrazarlo fuerte mientras se reía porque le manché la remera. Ese día no terminé mi helado.

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