34 años

Argentina

Mi abuelo Julián me enseñó a andar en bicicleta en una calle de tierra. Yo tenía miedo y él corría detrás, sosteniéndome el asiento mientras decía: “Dale nomás, no mires atrás”. Un día me soltó sin avisar y yo avancé sola por primera vez. Cuando me caí, él no corrió a levantarme: aplaudía desde lejos, orgulloso. Años después, cuando su memoria empezó a fallar, yo lo llevaba a caminar y él se cansaba rápido. Un día se detuvo, me miró fijo y dijo: “No sé quién sos… pero me siento seguro contigo”. Ese fue su último regalo: olvidar mi nombre, pero no la confianza.

5
Siguiente

Comentarios (0)