18 años
España
Durante los últimos años solía comprar y revender patinetes eléctricos, además de usarlos para salir de ruta con mis amigos. Eran patinetes de gran potencia, que no bajaban de los 70 km/h. Pero un día todo cambió. Era un día normal, como cualquier otro, saliendo de ruta. Fui a buscar a un amigo en mi patinete, ya que el suyo estaba en el taller y me pidió que lo llevara montado conmigo. Al llegar al taller había una bajada muy empinada. Yo, confiando en los frenos hidráulicos, bajé sin frenar. De repente, un autobús se saltó un semáforo y tuve que frenar de golpe, pero no pude hacerlo bien porque los frenos no tenían aceite. Nos caímos los dos y, al estar en el suelo, la rueda del autobús quedó a pocos centímetros de mi cabeza. En ese momento, mi amigo reaccionó rápido y me empujó fuera de peligro. Ese día me salvó la vida y, desde entonces, nunca más me volví a subir a un patinete.