17 años

México

Salí a la parte trasera de mi casa y, entre el monte, lo vi: un gato sentado en el suelo, mirándome fijamente. Me puse a su altura. Y entonces comenzó la lucha. No hubo palabras. No hubo golpes. Solo la mirada. Nos quedamos inmóviles. El gato tenía unos ojos que no observaban: sabían. Movía las orejas en todas direcciones, atento al mundo entero, pero su mirada no se desprendía de la mía. El tiempo pasó. Mis ojos comenzaron a arder, la visión se volvió borrosa. Parpadeé rápido… y entonces noté algo inquietante: su párpado descendió lentamente, como si no tuviera prisa alguna, como si el tiempo le perteneciera. Luego dio un paso. No de huida, sino de dominio. Como quien sabe que el monte es suyo. Y se fue. Ahí entendí que la victoria no fue mía. Yo me quedé quieto, imitando a una estatua. Él, en cambio, siguió siendo gato. J³

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Comentarios (1)

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hace 4 mess
😧
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