34 años

México

Crecí en una casa chica pero ruidosa. Mi mamá vendía comida, mi abuela cuidaba a mis primos y mi tío dormía en el sillón porque nunca le alcanzó para irse. Yo era el “distraído”, el que no prometía nada. A los 30 empecé a manejar taxi. Una noche llevé a una señora que lloraba porque no llegaba al hospital. Me quedé con ella, la ayudé, la esperé. Días después volvió con su familia y me ofrecieron trabajo en su empresa de transporte. Hoy manejo mi propia unidad. El día que llevé a mi mamá, a mi abuela y hasta a mi tío a dar una vuelta, nadie dijo nada… pero todos sonreían distinto.

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