29 años
Argentina
Mi abuelo me llevaba al estadio desde chiquita, me compraba gaseosa tibia y una empanada que siempre se le caía un poco al piso. Él no gritaba los goles, solo me miraba para ver si yo era feliz. Cuando enfermó, ya no podía caminar mucho, pero cada domingo me llamaba para preguntarme cómo iba el partido, aunque el equipo fuera malísimo. El día que falleció, encontré su radio viejo prendido en la mesa, con el volumen bajito, como esperando. Ese domingo fui sola al estadio, me senté donde siempre y cuando hubo gol, lloré como nunca. No por el partido, sino porque entendí que hay personas que no te enseñan con palabras, sino con presencia constante, silenciosa y leal.